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Marcel Recibe una Carta Misteriosa.

Marcel Recibe una Carta Misteriosa.

¡Hola! Esto es un pequeño relato que he escrito por diversión durante algunos días del confinamiento. Me ha ayudado a viajar a un pueblo precioso, y sorprendentemente soleado, en la costa inglesa, totalmente inventado y con personajes con los que me iría a tomar un gimlet (que es un cóctel que descubrirás luego).

Honestamente, no sé de dónde ha salido todo esto, siempre pensé que si escribía algo de ficción sería sobre apocalipsis o vampiros, ya verás que no hay nada de eso.

¡Espero que lo disfrutes!


Como cada mañana, el despertador sonó a las 6 y un minuto. Y como cada mañana, Marcel se acicaló con mimo para ir a trabajar, con su crema corporal con aroma a rosa, sus calcetines con estampado de flores, ese día de margaritas, y uno de los sombreros de su colección. Pero al contrario que cada mañana, al salir de su apartamento, Marcel encontró una carta con su nombre manuscrito en el buzón en vez de facturas o propaganda. Era un sobre color manila con dos sellos que parecían antiguos, con bellas ilustraciones de aves tropicales en tonos turquesa y terracota. Y como remitente, simplemente las iniciales A.S. Sonrió sorprendido, complacido con el misterio. ¡Decidió que lo guardaría para su hora del almuerzo!

Lo metió en su bolsa con cuidado, junto a un termo de té de jazmín, su favorito, y colocó todo en la cesta de su bicicleta.

Se disponía a dar la primera pedalada hacia la floristería donde trabajaba cuando un donut a medio comer voló muy cerca de su cabeza.

Miró de reojo hacia la ventana del primer piso, donde oyó, más que vió, una risa quebrada en medio de la ya conocida cara maligna llena de acné. Ese maldito muchacho disfrutaba molestándole a diario. ¡Suerte que no le había manchado su sombrero nuevo o hubieran tenido unas palabras! O por lo menos le hubiera mirado con rabia, eso, ¡con rabia!

Con lo que le gustaba ese sombrero, había estado ahorrando durante meses para poder comprarlo, era de un rojo oscuro e inusual, y además resaltaba de una manera interesante sus ojos verdes, ¡a juego con los pájaros de los sellos! Pensó mientras se alejaba pedaleando por las apretadas calles de pulidos adoquines del pueblo costero en el que vivía, entre los tintineos de las puertas de los primeros negocios en abrir y las gotas de rocío de los coloridos geranios de los balcones. Una fuerte brisa con aroma a salitre y sirenas le acompañó en su trayecto.

Al tiempo que todo esto sucedía, el donut a medio comer que ya conocemos, rodaba junto a un hombre delgado y de rubios cabellos despeinados. Éste había estado espiando desde la esquina de enfrente como nuestro protagonista descubría el sobre que le había dejado. Estaba un poco nervioso, ¡era su primera misión para  la CSAP! Se había alegrado con su reacción al ver el sobre, pero se alejó de allí, con las manos en los bolsillos de su larga chaqueta de tweed, mordisqueándose el labio, preguntándose si debería haber intervenido en el donutgate, aunque hubiera podido “volar su tapadera”.

En este punto, querido lector, tendrás algunas dudas. ¿Qué hay en ese sobre con sellos de pájaros tropicales? Y sobre todo, ¿de qué era el donut?

El donut, por supuesto, era de cobertura de chocolate, esta es una historia seria. Y el tema de los pájaros tropicales, nos lleva a la siguiente escena.


Nuestro rubio misterioso se encuentra en la oficina de la clínica veterinaria donde trabaja. Se llama “El Último Ave del Paraíso”, el nombre lo puso su abuelo y lo ha mantenido no sólo porque es un nostálgico, sino porque además trabajando aquí con su abuelo es donde adquirió su cariño por las aves tropicales, que es la especialidad de la clínica. Susurra en un teléfono de plástico color mandarina: Fase uno completada.

—¿Por qué hablas en voz baja? —Dice una voz un poquito sarcástica al otro lado.

—Vaya, pues no lo sé. Pero que ha recogido el sobre y se ha ido a trabajar. El chaval del primero le ha vuelto a molestar. No sabía si…

—De acuerdo, mantennos informados de los próximos pasos. Y no te preocupes, “agente”. —La voz misteriosa colgó entre risitas.


Marcel se encontraba en la trastienda de la floristería de la señora Begonia. Él se dedicaba a recibir las flores frescas cada mañana y a preparar los arreglos florales. Le encantaban las flores y las plantas desde niño, y trabajaba allí desde que dejó el instituto. Marcel había sido buen estudiante, destacaba en ciencias naturales, en arte y en literatura. También era ya algo gordo, y algunos compañeros le hacían la vida imposible. Y como era un cacho de pan y no le gustaban las confrontaciones, decidió dejar los estudios. Quizá la ciencia perdió a un magnífico botanista, capaz de escribir e ilustrar artículos científicos, pero la floristería ganó un artista en diseño floral, con un gran sentido del color y una gran delicadeza.

La señora Begonia, que era como una tía mayor para él, se dedicaba a recibir y atender a los clientes. Se iba sintiendo un poco cansada para seguir trabajando y le tenía echado el ojo a un folleto de bungalows en islas del Mediteráneo desde hacía tiempo, pero Marcel pasaba muy mal rato cuando tenía que encargarse él de tratar con los clientes. Sudaba mucho y se tiraba continuamente de los lados de la chaqueta de paño violeta que llevaba para trabajar.

La trastienda donde pasaba la mayor parte del día era casi tan luminosa como la tienda, sólo separadas por una pared de cristal al estilo de un invernadero. Ambas partes con las paredes de ladrillo pintado de blanco, y tantas plantas y flores que parecía un precioso jardín silvestre. Además, tenían una sección especial en la que vendían libros del estilo de “Cómo cultivar Rosas Luz de Luna”, “Hierbas Mágicas de Inglaterra” o “Deshazte de las Plagas con Plantas Carnívoras”. Y macetas que elaboraba un ceramista de la zona con los diseños de Marcel, y que tenían mucho éxito.

Marcel estaba entretenido diseñando unos ramos para el balneario de agua salada del pueblo. Una combinación de flores blancas y aguamarina entre ramas de diferentes tonos de verde plateado que había elegido no solo por su aspecto, sino también porque en zonas húmedas, como el balneario, desprendían un olor delicioso. Hacía rato que se había terminado el té del termo y notaba como se acercaba la hora de su almuerzo por los gruñidos de su estómago.

Oyó la campana de la puerta, al levantar la mirada vio como entraba la pareja de trabajadores del hotel que venían a realizar los encargos de flores frescas a diario. Se trataba de un hombre y una mujer, ambos con la cara de haber lamido una sardina en el desayuno, tan estirados y brillantes como sus peinados.

Marcel temía siempre aquel momento, siempre tenían una pequeña queja o apunte sobre su trabajo, aunque estaba claro que era para obligarles a mantener el precio, ya que su trabajo era el mejor de la región y no iban a encontrar a otro igual. Pero un hotel necesita muchas flores y no querían perderlos como clientes.

Cruzó los dedos para que aquel día le dejaran en paz, pero después de un momento de conversación amortiguada por la pared transparente que los separaba, oyó como la señora Begonia le llamaba.

—Mira Marcel, —empezó a decir el hombre con una sonrisa canina —Los últimos ramilletes que nos llevamos para el bar del hotel tenían las flores demasiado alegres, la gente va a los bares de los hoteles a relajarse, tú no sales mucho pero lo entiendes, ¿verdad?

A Marcel ya no le sorprendía ninguna de sus absurdas quejas, así que asintió, murmuró algo hacia la solapa de su chaqueta, sobre flores menos alegres y se dispuso a volver a sus guarida. Oyó cómo la mujer de cara avinagrada decía en voz lo suficientemente alta para que le oyera, algo que hacía siempre que visitaba el local, como si se tratara de una confidencia hacia su compañero y la dueña de la floristería:

—Qué pena de hombre, quizá si se cuidara un poco el físico podría conocer a alguien…

Mientras cerraba la puerta a su espalda escuchó como la Señora Begonia cortaba a la mujer cambiando de tema hacia las facturas de fin de mes.

Marcel respiró profundamente, apoyado sobre la puerta. “Sólo tiene importancia si yo se la doy, sólo tiene importancia si yo se la doy…” Repitió en su cabeza como un mantra. Lo había oído por la mañana en su programa de radio de meditación matutino. Pero no servía de mucho y sólo pensaba en lo relajante que sería ponerle las flores por sombrero a esa horrible pareja.

Unos minutos más tarde, de nuevo solos en la floristería, entró la Señora Begonia en la trastienda con una expresión dulce.

—Es tu hora del almuerzo cariño, ve a tomar un descanso. Y sobre lo que ha dicho…

—Oh, ¡no pasa nada! No le he dado la mayor importancia. —Dijo Marcel tratando de sonreír mientras se quitaba la sobrechaqueta de paño violeta, se ponía la suya y se colocaba su elegante sombrero nuevo con coquetería. —¡Nos vemos en un rato!

No quería pensar más en ese asunto y además estaba deseoso por abrir su misterioso sobre. Se colgó la bolsa al hombro y dirigió sus pasos a la cafetería donde almorzaba algunos días. En ocasiones se tomaba un sandwich sentado en el paseo marítimo, mirando al mar, pero los días de viento se refugiaba en Il Cantore. Ser el pueblo de Inglaterra con más días de sol al año venía de la mano con una sorprendente cantidad de días de viento.

La camarera de Il Cantore le indicó con un gesto seco una de las mesas libres junto a la cocina, él preferiría sentarse junto a los ventanales y ver a la gente pasar, pero no se atrevió a decir nada. Pese a que la camarera nunca parecía alegrarse de verlo, Il Cantore era irresistible para él por su deliciosa comida casera auténticamente napolitana. Especialmente los dulces, con nombres que a él se le antojaban exóticos y golosos como Babá, Pastiera, Sfogliatella o “Fiocco di neve”. Sólo de pensarlo se le hacía la boca agua. Prueba a decirlo y ya verás como te pasa a ti también. La camarera se acercó a leerle los platos del día.

—Hoy tenemos pasta al ragú o salchicha sobre pizza bianca, pero te podemos hacer una ensalada si lo prefieres —Comentó mirándole la zona de la barriga.

Estaba acostumbrado a comentarios como ese, pero la tentación de una deliciosa comida casera era demasiado poderosa para dejarse amedrentar.

—Tomaré la salchicha, y de postre, una porción de Pastiera con un espresso sin azúcar —así me cuido un poquito, pensó. —y otra porción para llevar. —A la señora Begonia le encantaba esa tarta rellena de suave ricotta.

—Como veas. —Dijo la camarera mientras se giraba dando un golpe de coleta.

Si hubiera podido, me lo hubiera dado en la cara, pensó Marcel. Decidió no darle más importancia y aprovechar el momento antes de que le llegase la comida para satisfacer por fin su curiosidad. Sacó el sobre de su bolsa con mimo y lo abrió con el cuchillo de la mesa. Dentro había una sencilla hoja de papel escrita con máquina de escribir.

Decía:

“Querido Marcel,

Mi nombre no es importante, pero sí lo que quiero decirte. Creo que eres una persona fantástica, elegante y con mucho talento, el escaparate de la floristería Begonia nos alegra el día a muchas de las personas del pueblo.

Espero que esta carta te haga sonreír y te alegre el día.

Saludos de tu Admirador Secreto. (A.S.)

Posdata: Hoy en Il Cantore tienen una salchicha sobre pizza bianca espectacular, ¡no dejes de probarla!”

Marcel leyó la carta varias veces. ¿Era una broma? ¿De verdad le podía gustar él a alguien? ¿Elegante? ¿Él? Miles de preguntas le atascaban la cabeza.

La camarera llegó con la comida, y le miró con los ojos entornados.

—¿Todo bien? Estás más pálido de lo normal.

Marcel hizo un gesto de asentimiento con la cabeza y le dio las gracias. Ella se dio la vuelta, pensativa, ¿no habría sido siempre demasiado dura con él?


Marcel estaba tan nervioso que apenas tocó la comida, y eso sí era inusual en él. La camarera empaquetó no uno de los pedazos de tarta, sino los dos para llevar, ya que no se había terminado ni el postre. Sintió un pequeño nudo de arrepentimiento en el estómago mientras lo miraba salir, tan pensativo, del restaurante.

El misterio de la carta mantuvo a Marcel en ese estado de aturullamiento el resto del día. Le dió toda la tarta a la señora Begonia, que se quedó algo preocupada al verlo tan falto de ánimo. Cuando terminó su jornada, Marcel se fue a casa en su bicicleta. Le hubiera gustado tener algún lugar al que ir, tener a alguien a quien coger de la mano mientras daba un paseo, tomar un cóctel en el precioso bar acristalado del hotel, que estaba construido suspendido sobre el mar. Pero no tenía nada de eso ni ganas de nada. Así que pasó la tarde leyendo sobre dalias y camelias y se fue a dormir temprano, sin apenas haber probado bocado.


El despertador sonó a las seis y un minuto. Marcel se acicaló como todas las mañanas. Había pasado la noche intranquilo y estaba cansado. No sabía si le estaban tomando el pelo.

Cogió su bicicleta y se preparó para salir. Aquel día no había nada más que una pelusa de polvo en el buzón y un panfleto de un crucero por el Báltico. La pelusa sólo sirvió para recordarle lo vacía que estaba su vida, pero el panfleto le vino muy bien para bloquear un trozo de magdalena volador. Miró hacia el primer piso y vio a aquel chaval que le molestaba casi a diario. Éste se rió con malicia.

Marcel recogió la madalena e hizo el gesto de ir a tirarsela, lo que sobresaltó al muchacho y le hizo resguardarse en el marco de la ventana con cara de susto. Marcel desmigó la madalena en el arriate de plantas de la entrada del edificio.

Se fue, pedaleando con energía, mientras el chaval se asomaba con expresión sorprendida y le veía marchar. Varios pajarillos se acercaron volando a comer las migas con ojos brillantes y pequeños gorjeos de placer.

La pequeña ciudad amanecía brillante y limpia, había caído una suave lluvia por la noche. Las plantas de los balcones cubiertas de pequeños diamantes. Aroma de croissants y café en el ambiente. Marcel pedaleó a través de sus calles paladeando cada segundo esa sensación de un día nuevo, lleno de promesas, la chaqueta flotando a su alrededor, los adoquines haciendo vibrar la bolsa de la cesta de la bicicleta. Sintiéndose especial por un momento. Incluso si la carta era una broma, tenía algo de verdad. Porque si él se sentía especial y elegante, simplemente lo era.

Al abrir la floristería, encontró otra de aquellas cartas esperándole en la entrada. La cogió rápidamente y se dirigió a la trastienda para leerla. Dentro había una nota.

Querido Marcel,

Esta noche se estrena en el teatro del pueblo la obra “Tres Sombreros de Copa“, la sala es preciosa, ¿has estado alguna vez? He pensando, que tratándose de sombreros, te gustaría ir a verla.

Espero que la disfrutes, un afectuoso saludo,

Tu Admirador Secreto. (A.S.)

PS. Hay algo en la sala en lo que quiero que te fijes… ¿Serás capaz de darte cuenta? Se trata más bien de un vacío que de algo que ya hay.

Junto a la nota había una entrada para el teatro. Llevaba muchos años viviendo en ese pueblo y todavía no había ido a su famoso teatro. Se trataba de un pequeño edificio estilo Art Decó, con una sala íntima y especial, con apliques dorados en las paredes y un mural en el techo que es lo que le daba su fama. Representaba una jungla llena de plantas y flores, con un montón de objetos y animales escondidos, como una sinuosa pantera negra o una sombrerera, llaves de bronce y un sinfín de cosas más esperando ser descubiertas por los más observadores entre función y función. Siempre había querido ir, pero le daba vergüenza ir solo. Con su recién encontrada energía, decidió que iba a aprovechar aquella entrada y sacarse en una “cita” a sí mismo.

Cuando llegó la señora Begonia, las flores para los arreglos ya estaban organizadas en las cámaras de frío y Marcel, canturreaba mientras trabajaba en su cuaderno en unos bocetos de bouquets con lápices de colores.

Se alegró de verlo más animado que el día anterior y le saludó:

—Marcel, cariño, ¡buenos días! He traído un termo de chocolate y una caja de mis bizcochitos de almendra, es demasiado para mi sola, ¿quieres compartirlo conmigo y te tomas un descanso?

Marcel no lo dudó ni un segundo. ¿Los bizcochitos de almendra de la señora Begonia? Dorados y con un delicioso toque de vainilla y limón, se me hace la boca agua sólo de imaginarlos, ¿a ti no?

Marcel vaciló un momento si compartir lo que le estaba pasando, las cartas. Decidió contarle sólo lo del teatro, ¡estaba tan emocionado! Dejó a un lado el bizcochito que estaba a punto de atacar y dijo (a lo mejor, con una pequeña mancha de chocolate en el borde del labio, o a lo mejor no, que ahora era un hombre “elegante”):

—Esta noche voy al teatro. Llevo queriendo ir desde hace tiempo pero no encontraba el momento. Voy a ver una obra española: Tres sombreros de Copa.

—¡Eso es fantástico! Mi sobrina trabaja allí haciendo los arreglos de vestuario, ¿por qué no pasas a saludarla? Se llama Petunia, dile que vas de mi parte. Toma, ¡llévale este broche ramillete! —Lo dijo mientras empaquetaba el ramillete de delicadas flores secas con mimo en una pequeña cajita llena de papel de seda y la cerraba con un lacito.

Marcel se dio cuenta de que no tenía escapatoria y tendría que vencer su timidez para ir a saludar a la tal Petunia. ¡Esperaba que fuera simpática!

El resto del día transcurrió tranquilo, excepto por la visita de los trabajadores del hotel y sus desprecios habituales a su trabajo y a la circunferencia de su cintura.

Hacía un día fantástico y a la hora de comer, se tomó un sándwich y un té frío de jazmín sentado en un banco en el minúsculo puerto, al sol, mirando las barcas de pescadores y las pequeñas embarcaciones de recreo, eligiendo cual le gustaría tener. Le gustaba leer los nombres, muchos dedicados a un amor: La Galana, Bombón II, La Tempestuosa… Luego recordó que se mareaba mucho, muchísimo, en barco y decidió que preferiría tener una casita con vistas a una cala escondida y un caminito directo a esta entre arbustos de romero y lavanda. Soñar es gratis, ¿no?


“El Ave del Paraíso” estaba muy concurrido. En cuanto se acercaba el buen tiempo y las vacaciones de primavera, la clínica se llenaba de nuevos clientes, en su mayoría jubilados, que iban a pasar una temporada a la costa junto a sus mascotas plumíferas. La clínica tenía muy buena fama entre los amantes de las aves, y se había convertido es una especie de lugar de peregrinaje para éstos.

Fred estaba atendiendo a una guacamaya de colores llamada Linda, su humano, un hombre con un importante bigote color ceniza y un pañuelo con colores a juego con los de Linda en el bolsillo de su americana, le hablaba de sus aventuras en los bosques húmedos de América Central antes de retirarse a vivir aventuras, no menos salvajes, en el complejo de apartamentos para jubilados.

Pese a que le encantaban las historias de sus clientes, Fred estaba medio distraído pensando en la noche de teatro que le esperaba.

Había comprado una entrada también para él mismo, con el propósito de comprobar que Marcel pasaba una buena velada. No tenía nada que ver con que no pudiera dejar de pensar en Marcel, ni hablar. Era su obligación como miembro del CSAP.

—Muchacho, ¿dónde tienes hoy la cabeza? Te noto más distraído de lo habitual.

—¡Mil disculpas, general! Yo… esto… bueno, esta noche voy al teatro. Hace mucho que no voy y estoy un poco nervioso. ¡Ni siquiera sé cómo tengo que vestirme!

—Y no será que estás nervioso por otra cosa, ¿eh? —Su mostacho se agitó arriba y abajo al ritmo de su sonora risa. La guacamaya emitió también unos gorjeos, como si riera también. —Es una buena oportunidad de ponerse guapo, de conocer gente y disfrutar de una buena noche. No dejes de pasar por el bar del teatro y pedir un gimlet, los hace mi sobrino ¡y son los mejores de la zona! Llevan un ingrediente especial que los hace únicos. Dile que vas mi parte. —Y mientras sacaba un estuche alargado del bolsillo dijo —En el estuche de mi estilográfica guardo las plumas que se le caen a Linda, coge algunas para la solapa de la chaqueta. ¡Dime si mi sobrino las reconoce cuando te vea!

Dentro había varias plumas de colores brillantes e intensos, bermellón aterciopelado, amarillo cremoso, azul océano, y un fresco verde lima que en seguida captó su atención.

—¿Puedo coger algunas de las verdes? Dijo con una amplia sonrisa en su rostro mientras se revolvía el pelo.


Marcel paseaba arriba y abajo entre las sombras de la acera de enfrente del teatro haciendo acopio de fuerzas para atreverse a entrar. El teatro emitía una cálida luz dorada. Hizo una profunda inhalación y se dirigió a la puerta. Una vez dentro, observó como el hall estaba alegremente iluminado por una lámpara de la que colgaban miles de cristalitos, como si de la Vía Láctea se tratase. El techo estaba pintado imitando un cielo al atardecer, en el que aparecen las primeras estrellas, con apliques de yeso en relieve de pájaros de colores surcándolo con las alas extendidas y las colas flotando detrás. ¡Era espectacular! Los apliques de pájaros se extendían por las paredes, donde se mezclaban con otros que representaban plantas y flores exóticas, y donde se escondían unas luces diminutas, que daban un aspecto mágico a la sala de la entrada. En el suelo junto a las paredes, y al final del pasamanos de la escalera que conducía al primer piso, había distribuidos algunos maceteros, rellenos sólo de piedrecitas. Dejó su abrigo de entetiempo y el sombrero de color chocolate que había elegido para la ocasión en el guardarropa. Se había acicalado con mimo, llevaba su loción corporal de rosas, y otros de sus calcetines con estampado de margaritas.

Un acomodador le acompañó a su asiento en las primeras filas. ¡Estaba entusiasmado! Cuando descubrió el mural del techo se quedó sin palabras. Y mientras la sala terminaba de llenarse, tuvo tiempo de descubrir escondidos en la exuberante pintura: una cerradura detrás de unas lianas, un tucán, y dos pequeños camaleones con las colas enroscadas.

La obra le resultó muy refrescante y divertida. Cuando se encendieron las luces en el descanso, no podía creer que ya hubiera transcurrido la mitad.

Le apetecía tomarse uno de los famosos gimlets que tanta fama tenían en el bar del teatro, pero en vez de eso dirigió sus pasos a la parte trasera, buscando la entrada a las bambalinas, en busca de la sobrina de la señora Begonia. Pensó que habría alguien para detenerle, pero pudo pasar sin ningún problema, miró a su alrededor, había un gran trasiego y tragó con nerviosismo. ¿Cómo iba a encontrar la zona de vestuario? Respiró aliviado al oír su nombre.

—¡Marcel! Soy Petunia. Me alegro mucho de conocerte, mi tía habla mucho de ti, te tiene un gran afecto. —Una chica con una sonrisa pícara y dulce se acercó a darle un abrazo. —Hueles de maravilla, ¿qué es, rosas?

Marcel sonrió, más relajado.

—Sí, son rosas, es mi flor favorita.

—La mia es la margarita, pero no huele muy bien, ¡no sería un buen perfume! Marcel se levantó la pernera del pantalón y le enseñó los calcetines.

—A mi también me gustan. —ella le cogió del brazo y rieron juntos.

Aprovechando el momento de complicidad, Marcel sacó el paquete que llevaba para ella y le dijo, mientras se lo tendía. —Traigo algo para ti de parte de de tu tía.

Petunia soltó un ¡guau! maravillado al abrir el paquete. —¡Es precioso!

Estuvieron un rato charlando. Petunia era encantadora y risueña, todo el mundo le decía algo al pasar, se notaba que era muy querida y respetada por la compañía de teatro. Se cayeron tan bien que decidieron quedar para verse de nuevo el fin de semana. A ella también le encantaban los dulces y quería probar los gofres de la nueva cafetería que habían abierto en el puerto.

Marcel estaba extasiado cuando regresó a su asiento. Tan apenas le dio importancia a un hombre joven, con el pelo revuelto y una llamativa pluma turquesa en la solapa de la chaqueta, que chocó con él en el pasillo.

Fred sí había probado los famosos gimlets. Y le había llevado tres intentos descubrir el ingrediente misterioso que tan especial hacía ese cóctel: sirope de rosas en vez de sirope normal, junto a la ginebra y zumo de lima. El camarero había reconocido enseguida las plumas de Linda que llevaba decorando la solapa y habían estado conversando mientras le servía cóctel tras cóctel. Así que, cuando se dirigió con paso vacilante de vuelta a su asiento, no se sorprendió chocarse con alguien. Lo que no se esperaba es que fuera con Marcel. Se disculpó con vergüenza, y se alejó rápidamente. Volvió a su asiento, las luces se atenuaron, y se dedicó a observarlo con disimulo.

El resto de la obra fue tan divertida como la primera parte. Marcel soltó una exhalación, complacido, cuando vió que la protagonista llevaba puesto el ramillete de flores en la solapa del vestido.

Aquella noche Marcel se echó a dormir con la cabeza llena de imágenes de flores exóticas, la sonrisa traviesa de su nueva amiga, y una cálida sensación en el estómago. ¡Casi ni recordaba el camino de vuelta a casa!


La clínica veterinaria de Fred también era conocida por su aspecto de botica antigua, con un precioso mostrador tallado en madera oscura y las paredes cubiertas de estanterías también de madera con viejos recipientes para remedios y los gruesos libros de su abuelo, y del padre de éste, de anatomía animal y de fauna exótica. Las salas de la parte de atrás estaban totalmente reformadas y eran modernas y funcionales, bien iluminadas y espaciosas.

En aquel momento se encontraba en su despacho al teléfono con otro miembro del CSAP detallando los eventos de la noche anterior, sin mencionar los tres cocteles y el tropezón.

El CSAP era un club secreto al que sólo se accedía de dos maneras: por haber sido ayudado por estos en la sombra y haberlo descubierto, o porque algún miembro hubiera necesitado alguna de tus habilidades para el club. Generalmente gente muy cercana y de confianza. Él se encontraba en el primer grupo. Hace unos años, cuando falleció su abuelo, sintió que se quedaba sólo en el mundo. Siempre había sido un muchacho peculiar, con dificultad para hacer amigos. Se había criado con su abuelo y se llevaban muy bien, habían estado muy unidos. Después del funeral, la responsabilidad de llevar la clínica lo mantuvo a flote, pero iba por la vida triste y vacío.

Fueron varios de sus clientes más mayores, amigos de su abuelo, entre ellos el dueño de Linda, miembros todos del CSAP, los que se juntaron para devolverle la alegría.

En su caso, crearon un grupo de observación de aves ficticio para empujarlo a salir de casa. Además, le llevaron para que ayudase a dos preciosos agapornis verdes, con las caritas de color coral, que los guardacostas habían requisado en una redada a traficantes de animales exóticos. Aquellos pajarillos le habían devuelto la alegría, y los paseos por el campo con el grupo de observación de aves, la vitalidad y la motivación.

No tardó mucho en descubrir que aquel grupo de gente no eran amantes de las aves, y el general Von Lundberg, dueño de la guacamaya pizpireta, le explicó lo del CSAP o Club Secreto de Ayuda a los Pardillos. El nombre no es muy elegante, pero se explica muy bien a sí mismo.

El Club Secreto de Ayuda a los Pardillos se creó con la idea de ayudar a aquellas personas, normalmente un poco peculiares (aunque, quién no lo es, ¿verdad?) que estaban pasando por un mal momento, debido a algún acontecimiento, o simplemente a que les cuesta navegar por la vida. Es un Club centenario, con muchos miembros ilustres pero totalmente anónimo, con un manual en el que se recogen ideas para ayudar, pero nunca los nombres de los miembros o de los “pardillos”.

El lema del Club era una frase en latín que se podría traducir como : “Hoy por ti mañana por mi, porque todos somos cándidos en ocasiones.” Siendo cándido una palabra más antigua y amable que la actual pardillo.

La cuestión es que el club había descubierto que nuestro querido florista se sentía algo desgraciado y falto de confianza en sí mismo. La señora Begonia era amiga de una de las más legendarias participantes del club, y se lo había comentado con preocupación en varias de las ocasiones en las que tomaban juntas el té y se picaban a las cartas. Y el caso se lo asignaron a su más reciente incorporación: Fred.

Y ahora que ya sabes qué es el CSAP volvamos a la llamada de teléfono.

—Ya tengo preparada la siguiente carta. Creo que está funcionando, ayer en el teatro lo vi feliz y relajado.

—Me alegro mucho, Fredito, no dudes en llamar para cualquier cosa que puedas necesitar, y enhorabuena por tu trabajo. Ya que estamos, dame cita para Linda que le han salido unas manchitas en el pico.


Y lo creas o no, nuestra visita a la vida de Marcel, Fred, la señora Begonia, su sobrina, Linda y el general Von Lundberg está llegando a su fin. Pero antes de despedirnos, vamos a pasar un último día con ellos.

El despertador sonó, como todos los días a las seis y un minuto, y como todos los días, Marcel se acicaló con mimo, con su crema de rosas, sus calcetines estampados con flores, aquel día de orquídeas, y un sombrero de color teja elejido para la ocasión.

Al salir de casa miró el buzón esperanzado, para no encontrar nada más que un par de facturas. Al ir a colocar la bolsa con su termo de té de jazmín en la cesta de la bicicleta, Marcel encontró un pequeño paquete dentro de ésta. Lo guardó con mimo en la bolsa, colocó todo de vuelta en la cesta, y partió pedaleando con prisa hacia la floristería. Por la ventana del primer piso un asombrado adolescente, con la cara llena de granos, observaba el cambio que se había producido en su vecino, que aunque parecía interno, le hacía brillar por fuera. Y pensó que él también podía brillar. Desmigó lo que le quedaba del croissant y dejó las miguitas en la ventana, que enseguida se llenó de hambrientos y alegres pajarillos.

La ciudad olía a sal y a arena mojada, con los balcones engalanados de flores, las campanillas de los negocios desperezándose de nuevo, botellas de leche fresca en las puertas de las casas, y tiernos bollos en el horno de la pastelería.

Al llegar a la floristería, se dirigió rápidamente a la parte de atrás, dejó la bolsa con cuidado en su mesa y sacó el paquetito. ¿Qué habría dentro? Cortó el cordón que lo sujetaba, un sencillo A.S. escrito a mano era la única decoración. Dentro encontró una nota y una cajita alargada. La nota decía:

Para que decores alguno de los sombreros de tu magnífica colección.

Con cariño de tu

Admirador Secreto.

PS: Creo que hace juego con tus ojos.”

Dentro de la cajita había una preciosa pluma de color verde, iridiscente, al moverla debajo de la luz parecía esconder un arco iris tropical.

Se quitó el sombrero y la colocó dentro de la cinta que lo rodeaba, ¡qué maravilla! Contrastaba de una manera deliciosa con el color teja. ¡Estaba deseando que llegase su hora del almuerzo para lucirlo!

De nuevo, la señora Begonia lo encontró preparando los diseños de los arreglos florales en su cuaderno de dibujo cuando llegó. Después de saludarse, se acercó a ver los bocetos, y quedó asombrada por la exótica e inusual paleta de colores.

—Así que lo pasaste bien ayer en el teatro, ¿eh? Un pajarito me ha dicho que habéis quedado a comer gofres el fin de semana. —Comentó con voz pícara la señora Begonia.

—Fue una velada encantadora, tu sobrina es como un soplo de aire fresco, ¡me alegro mucho de haberla conocido! Estoy deseando que llegue el fin de semana.

Marcel no podía dejar de sonreír y de pensar en todas las cosas que podría hacer con su nueva amiga.

La campanilla de la puerta interrumpió la conversación.

—¡Oh! Es la pareja del hotel. Déjeme a mi Begonia, yo les atiendo.

La cara de la señora Begonia no podría haber mostrado más sorpresa. Salió a la tienda, aún con la chaqueta puesta, detrás de un decidido Marcel.

—Buenos días. Marcel, contigo queríamos hablar.

—Buenos días, en ese caso, estupendo, porque aquí estoy.

La pareja se miró entre ellos con extrañeza.

—Verás, los últimos ramos para el vestíbulo del hotel, no son lo suficientemente “aromáticos”, ¿entiendes lo quiero decir? Necesitamos algo más…

—Permíteme que te corte, esos ramos eran no sólo, perfectamente, ¿cómo has dicho? “aromáticos”, sino que además eran ideales para el espacio para el que fueron diseñados, complementando los colores del vestíbulo y los del vestuario de los botones. Si no estáis satisfechos con mi trabajo, siempre podéis pedir presupuesto en otro lugar antes de decidiros por unos nuevos bouquets. Ya sabéis dónde encontrarnos en caso de cambiar de opinión.

Y ante una atónita señora Begonia se dispuso a darse la vuelta.

Los trabajadores del hotel, se miraron de nuevo, esta vez con temor. ¡Si perdían la colaboración con la floristería seguro que los despedían!

—Marcel, mis disculpas. —Dijo el hombre como si se atragantara con sus palabras. —Ha debido ser un mal entendido. Tus ramos eran perfectos, igual es un problema nuestro de olfato. Por favor, haced los envíos habituales de la semana. Oh, y por favor, envolvedme este libro, - dijo alargando la mano a la estantería y cogiendo el primero que alcanzó - “Deshazte de las Plagas con Plantas Carnívoras”.

—Muy apropiado. —Contestó Marcel, mientras envolvía el libro.

La pareja se despidió con prisa y salieron de la floristería.

La señora Begonia estaba atónita.

—Marcel, estoy muy orgullosa de ti. —Dijo complacida. —Hoy has dado un paso muy importante. ¿Sabes? Cuando termines los arreglos más urgentes, deberías tomarte el resto del día libre. Creo que va a hacer algo de viento, pero seguro que se te ocurre algo para pasar la tarde.

El resto de la mañana transcurrió sin incidentes, Marcel pensando en su Admirador Secreto y la señora Begonia en que quizá iba llegando la hora de mirar bien eso del bungalow en el Mediterráneo.

A la hora de comer, Marcel decidió darse el capricho de ir al Il Cantore. Al entrar, notó un pequeño cambio en la camarera, no estaba tan seca como de costumbre, pero le mostró la mesa junto a la cocina.

—No. —Dijo Marcel. —Hoy me sentaré en una de esas mesas junto a los ventanales, si están libres.

La camarera le sonrió por primera vez y le acompañó a su mesa.

—Para uno de nuestros más fieles clientes, está libre. Por cierto, bonita pluma, ¿de qué es?

—No lo sé, no sé nada de pájaros la verdad, ha sido, esto… un regalo.

—¡Uy! Pues mira, por ahí fuera pasa el dueño del “Ave del Paraíso”, la clínica veterinaria del pueblo. ¡Seguro que él sabe de qué ave es!

Marcel se sorprendió al ver que el chico que señalaba era el mismo que con el que se había chocado en el teatro. ¡Cómo no se había dado cuenta! ¡Si llevaba una pluma igualita a la suya en la solapa de la chaqueta!

Se precipitó a la puerta y salió corriendo detrás de él.

—¡Eh! ¡Espera!

El rubio, al verlo, palideció, y por un momento pareció que se iba a echar a correr.

Marcel supo en ese momento de quién eran las cartas.


El resto, como se suele decir, es historia. Fred y Marcel volvieron a entrar en Il Cantore. Compartieron una gran comida, con muchos dulces napolitanos en el postre. Fred le contó todo lo referente al club, y Marcel pensó que quizá era hora de hacer algo por la señora Begonia. Cómo tomar las riendas de la floristería y que el club le diera el empujoncito que necesitaba para jubilarse junto al mar.

A Fred le tocó algo dentro, que después de todo, Marcel pensara en otra persona, y no en sí mismo y en lo que había pasado en los últimos días. Después de comer, el viento le dio una tregua a nuestra pequeña ciudad costera, y Fred y Marcel pasearon por el puerto y hablaron de todo y de nada.

Como por ejemplo, de aquello que Fred preguntaba en la segunda carta, sobre qué faltaba en el teatro. Y lo que faltaba eran plantas y flores frescas en todos los maceteros que había vacíos en el hall. Que algunos visitantes usaban de improvisadas papeleras y lo más atrevidos, de paragüeros. Y fue esta conversación la que le dio a Marcel la idea de contactar con el teatro y le consiguió un jugoso contrato para la floristería.

Hablaron del abuelo de Fred, y de la infancia de Marcel. De lo que les gustaba su ciudad, del olor a mar. Compararon los colores de aves exóticas y plantas tropicales. Y se separaron con la promesa de intercambiar unos libros con ilustraciones de todo color de unas y otras.

Y acaba nuestra historia. Con un Marcel fuera de su cascarón, con nuevos amigos y más confianza en sí mismo. ¡Un éxito del CSAP, si se me permite decirlo!


Y como sé a todo el mundo le gusta un buen “Qué fue de…” te voy a contar qué fue de nuestros protagonistas.

EPÍLOGO

Marcel dejó la bicicleta en el cobertizo de delante de la casita de ladrillo, y se dirigió a la parte de atrás por el estrecho caminito entre la casa y los arbustos de lavanda que había plantado el año anterior. En la parte de atrás había un exuberante jardín, con una pérgola en un extremo, perfecta para cenar, leer o charlar durante horas. Se acercó a Fred, que estaba cocinando la cena en la barbacoa junto a ésta, y se dieron un beso entre sonrisas. Petunia, su marido y el bebé de ambos, esperaban a Marcel (¡y la cena!) sentados a la mesa, disfrutando del atardecer y del rumor del mar. Y es que la casa estaba sobre una de las calas más escondidas de la zona, y a la que se podía acceder por unas estrechas escaleras, que no eran más que tablones de madera, desde ese mismo jardín.

Los alegres cantos de una pareja de agapurnis llegaban desde dentro de la casa, donde, sobre una mesa llena de libros sobre paraísos tropicales, fauna y flora, descansaban varias postales de la Señora Begonia relatando sus aventuras por el Mediterráneo, donde andaba de crucero, eligiendo el mejor puerto, y quizá su marinero favorito, para comprar su bungalow.